¿cÓMO FUNCIONA EL CEREBRO
Y LA MÚSICA?

El cerebro conserva, principalmente, información que sirve para la supervivencia. Los recuerdos musicales, aunque se desconoce el motivo, se guardan junto a esa información.

La capacidad de la música para activar una red cerebral tan amplia lo coloca en una posición privilegiada para efectuar cambios fisiológicos en el cerebro.”1

De acuerdo con la información recogida de este artículo, se puede suponer que la condición de multidimensionalidad que tiene la música es la que la hace beneficiosa para casos con deterioro importantes a nivel cognitivo.

En particular, cuando se escucha música conocida (como canciones populares, canciones infantiles y canciones en las 100 mejores listas), la recuperación de la memoria musical involucra áreas tanto dentro como fuera de los lóbulos temporales, incluidas las regiones frontales y parietales (Platel et al., 2003; Satoh et al., 2006; Jacobsen et al., 2015). En otras palabras, la música puede usarse como una señal para evocar recuerdos autobiográficos involuntarios que son específicos e invocan una respuesta emocional.2

La música también reactiva los recuerdos autobiográficos en pacientes, a los que puede proporcionarle consuelo, aliviar la depresión, la ansiedad y agitación.3

Hay evidencia que sugiere que la música en la memoria puede permanecer intacta para las personas con EA, incluso mientras experimentan un rápido deterioro cognitivo (Cuddy et al., 2012). Se cree que esto se debe a que las redes de memoria musical están separadas de las redes tradicionales de memoria del lóbulo temporal (Platel et al., 2003; Satoh et al., 2006) que se conservan hasta las etapas posteriores de la enfermedad (Jacobsen et al., 2015).

1Melodías de la medicina: música, salud y bienestar, Daniel J. Levitin
2“Enfoques de intervención musical para la enfermedad de Alzheimer: una revisión de la literatura” de Leggieri, Thaut, Fornazzari, Schweizer, Barfett, Munoz y Fischer
3Baird A, Thompson WF. El impacto de la música en uno mismo en la demencia. JAlzheimers Dis. 2018; 61 (3): 827-841